07-05-2018 16:59

Un cuerpo donde transitan otros cuerpos

Soy de esas personas que, desde muy jóvenes, han sabido con certeza que querían bailar su vida. Dedicarse a la danza fue para mí una decisión seria que, a menudo, suele ser tomada a la ligera por el entorno; por suerte, este no fue mi caso. ¿Podemos vivir dedicándonos al arte? ¿Podría una ciudad alimentarse del arte? Si esto fuera así, ¿acaso no viviríamos mejor? Alguna vez, paseando sola por Donostia, me he imaginado cómo sería esta ciudad si fuera la ciudad de las artes, si cada edificio propusiera una manera diferente de mirar la vida a través de las obras de los artistas. El edificio de Tabakalera pasó desapercibido o más bien olvidado durante años, como si realmente no estuviera ahí donde estaba, como si estuviera encorvado y en cuclillas para poder pasar desapercibido, como un gigante tímido y temeroso de lo que podía acontecerle si se irguiera, como si estuviera dejando de ser lo que fue para poder ser lo que es hoy, como si estuviera en proceso de transformación y esto le exigiera discreción, no llamar la atención.

Jone San Martín

Pero lo ha hecho, se ha levantado, ha dado la cara y ahí está ahora, asumiendo su emplazamiento central en la ciudad, limpio y reluciente, incluso con una terraza panorámica a modo de corona. No es raro que los artistas tengamos que trabajar a menudo en espacios pequeños, húmedos y donde no hay luz natural. Cada vez es más común que las salas de baile estén en sótanos y tengan un suelo de madera sobre una base de cemento, para que el edificio dure más y el cuerpo menos. Separamos al cuerpo del espacio en el que el cuerpo va a trabajar, los oponemos en vez de ligarlos, en vez de invitarlos a que se exploren mutuamente. Nos olvidamos de que las obras de arte que vemos, ya sean objetos o representaciones escénicas o visuales, han tenido un largo e intenso periodo de trabajo, a pesar del lugar donde terminarán expuestas o representadas. No nos olvidemos de que es en el espacio en el que la obra se ha creado y se ha trabajado el que determina, sin ninguna duda, su resultado final.

Así pues, un espacio como Tabakalera no solo debe ser consciente de su parte “exponente”, si no que tiene que asumirse también como “criadero”. Esto conlleva albergar a artistas que vienen a enfrentarse a sí mismos, a trabajar sus miedos y a parir algo que todavía no tiene forma. Es muy importante para el artista sentirse de alguna manera arropado por el edificio que lo acoge, y tener la certeza de que en ese espacio de creación hay lugar para equivocarse, para jugar con lo desconocido, para la búsqueda y para la duda. Que ese espacio es, probablemente, el único lugar en el que nadie le va a pedir explicaciones, el único lugar en el que uno se puede perder y arriesgarse. Este es un espacio que comprende que, en la creación, no hay límites. Tal vez por eso, porque Tabakalera en su día ha vivido en su propia “piel” ese cambio, esa metamorfosis, puede también comprender la necesidad que tiene el artista de desaparecer cuando crea, de ser otro, de no saber quién es realmente, de acuclillarse. Yo veo a Tabakalera y la necesito inmensa y generosa, exigente y también acompañante de lo que todavía no hay, de lo que podría ser.

 

 

Jone San Martin Astigarraga
Bailarina y coreógrafa

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