Cartas blancas (CB) - Les proies (Marine de Contes, Francia, 2018, 53') - | Tabakalera - Donostia / San Sebastián

Les proies (Marine de Contes, Francia, 2018, 53')

Presentada por Marine de Contes y Fabienne Aguado

 

 

CARTA BLANCA: CASA DE VELÁZQUEZ / Les proies, Marine de Contes, Francia, 2018, 53'

 

Presentada por  Marine de Contes y Fabienne Aguado. 

Les proies es una película sobre la noción de espera y el misterio de los cuerpos en tensión y trabajo, sobre la mirada y el gesto, sobre el silencio y el batir de alas, sobre el arte del camuflaje y las trampas. Les proies es una película religiosa laica que puede ser vista como una película sobre el cine, sobre una aptitud al rodar y montar un film. Si Marcel Hanoun decía que todo film es autobiográfico, hasta el cine porno, esta primera película de una gran montadora joven me gusta verla como el retrato cotidiano de la vida Marine de Contes -aunque ella solo aparezca en un fundamental breve momento- que, al filmar con paciencia hombres y pájaros en comunión, reflexiona sobre su oficio, el cine, y la memoria de una comunidad gascona, la suya, y una tradición en trance de desaparecer. A Ford y a Hawks les hubiera encantado esta película libre: «La jaula se ha vuelto pájaro» escribió Alejandra Pizarnick.”

Javier Rebollo

 

 

En esta película, presento al espectador la vida de los cazadores de palomas torcaces, en el bosque de las Landas de Gascuña, al suroeste de Francia. Descubriremos el lugar de una manera especial. Al adentrarnos en el bosque saturado de cantos de pájaros, sentiremos que nos transporta la inmensidad del paisaje. Después, los sonidos extraños se mezclarán con el susurro de los árboles. Aguzaremos los oídos y escucharemos el bosque, convirtiéndonos en cazadores, y en la posición del vigilante, esperaremos. Estaremos atentos, con infinita paciencia, esperando que algo suceda.

Antes de rodar esta película, conocía el bosque de las Landas, su crepúsculo, su olor a resina de árbol, sus majestuosos pinos que se mecen suavemente con el viento, su silencio poblado por el canto de los pájaros y sus colores vivos, pero no sabía nada sobre la caza. Fue durante un taller de vídeo en las Landas cuando los jóvenes participantes me hablaron de la costumbre local de atrapar pájaros con una red. Me mostraron un palombière, una cabaña de caza construida en el suelo, camuflada con agujas de pino y helechos y rodeada de túneles de varios cientos de metros en todas las direcciones. Intrigada por esta construcción inesperada, que se parecía tanto a un refugio de guerra como a una casa de muñecas, decidí regresar en otoño, durante la temporada de caza, para conocer mejor esta práctica ancestral.

En este espacio laberíntico, con sus complejos mecanismos de señuelos –aves que suben y bajan al izar cables y poleas–, este bosque que siempre me había parecido tranquilo y sereno durante mis caminatas de repente se reveló misterioso y angustioso.

Quería que el espectador se sintiera igual: ignorante, curioso y ansioso, listo para vivir una experiencia sensorial y dejarse llevar por la relación particular entre hombres y la fauna y el paisaje que los rodea. Así que adapté mi forma de rodaje a la estrategia de los cazadores: observar, acercarme y capturar momentos específicos. 

A pesar de haber utilizado un enfoque cinematográfico, también busco decodificar una actividad a la manera de una película etnográfica. De hecho, esta tradición familiar de caza contiene todos los elementos de un rito que se transmite de generación en generación. Plantea la cuestión de la tensión entre tradición y modernidad. 

Este tipo de caza, desfasada y obsoleta, parece un poco absurda porque la cantidad de energía que emplean los cazadores es desproporcionada respecto a la escasa captura. Aunque acaben comiéndose la presa, no necesitan cazar para sobrevivir. Sin embargo, los cazadores no se rinden. Pasan dos meses en su cabaña escudriñando el cielo, con la esperanza de capturar aves vivas en sus redes o, en su defecto, disparar a algunas. Quizá existan otras razones en este espacio aislado en medio del bosque.

En este remoto rincón rural de Francia, en esta zona descrita por los geógrafos como «hiperrural», los habitantes han conservado un idioma (el gascón), una noción del tiempo, una relación cercana e inmediata con el medio ambiente que se transmite de padres a hijos, pero que está destinada a extinguirse. Esto se debe a que la ley de rentabilidad está desfigurando el paisaje. El ecosistema está en riesgo de cambiar por la tala de grandes extensiones de pinos. El paraíso de los cazadores está desapareciendo poco a poco y las palomas torcaces están cambiando los corredores migratorios. Una de las razones para crear esta película era dejar constancia de este microcosmos. Ya no sabemos quién es la verdadera presa del sistema.

Marine de Contes